No está de más advertir al viajero que ronde por las serranías de Albarracín que, a treinta y pocos kilómetros de Teruel, se topará con la ciudad que presta nombre a esta sucesión de vaivenes del paisaje. No está de más advertírselo porque, si transita desprevenido por una carretera estrecha que se retuerce sobre sí misma como una culebra, al salir de una curva corre el riesgo de que la silueta de Albarracín deje una huella indeleble en su ánimo. Quien llega por primera vez, se quedará boquiabierto: son difíciles de olvidar las señoriales murallas que se encaraman sobre la montaña hasta perderse en lo alto. Lo es también el conglomerado de tejas rojizas que parecen cobijarse entre ellas para protegerse de los severos inviernos. Y, sobre todo, lo es el espectáculo de sus casas colgadas sobre el abismo.
En el año 1958 en la ciudad de Bruselas (Bélgica) se realiza un encuentro de científicos a nivel mundial y tuvieron como iniciativa hacer un monumento en honor a esa cumbre y que fuera recordado por siempre. Entonces surgió la idea de construir un Átomo gigante en las afueras de la ciudad.
A 165 kilómetros de Atenas, cerca de la costa norte del Golfo de Corinto, se encuentra uno de los sitios más famosos de toda Grecia: la ciudad de Delfos. Por su belleza natural y su importancia histórica, reflejada en los restos de edificios de la época clásica, Delfos es un destino turístico digno de ser visitado.
Hyde Park está calificado como parque real desde 1536, año en el que el rey Enrique VIII adquirió los terrenos. Los dos aspectos más destacables del parque son el Serpentine, un lago utilizado principalmente para embarcaciones de recreo y para darse un chapuzón, y Rotten Row, zona reservada para los paseos a caballo y en carruaje que fue la primera vía publica con iluminación de toda Inglaterra.







