Oct 06

Albarracín señorial de Teruel

Albarracín señorial  de Teruel

Albarracín señorial de Teruel

No está de más advertir al viajero que ronde por las serranías de Albarracín que, a treinta y pocos kilómetros de Teruel, se topará con la ciudad que presta nombre a esta sucesión de vaivenes del paisaje. No está de más advertírselo porque, si transita desprevenido por una carretera estrecha que se retuerce sobre sí misma como una culebra, al salir de una curva corre el riesgo de que la silueta de Albarracín deje una huella indeleble en su ánimo. Quien llega por primera vez, se quedará boquiabierto: son difíciles de olvidar las señoriales murallas que se encaraman sobre la montaña hasta perderse en lo alto. Lo es también el conglomerado de tejas rojizas que parecen cobijarse entre ellas para protegerse de los severos inviernos. Y, sobre todo, lo es el espectáculo de sus casas colgadas sobre el abismo.

Los visigodos la levantaron sobre el nacimiento del río Guadalaviar, a más de mil metros de altura, y la ciudad, voluntariosa, se acomoda a los arbitrios del terreno. Y como se despereza al borde de un pronunciado meandro del río, le ha quedado forma de media luna. Añoranza quizá de su época mora, cuando le cambiaron su viejo nombre, Santa María de Oriente, por el del reino de taifas que la incorporó.
Tras el impacto visual de la entrada en el pueblo, el viajero no debe amilanarse. Al contrario, debe seguir hacia arriba por la cuesta de Teruel, para recorrer el sinuoso trazado de callejuelas, como yo lo hago, con el corazón en un puño.
A lo largo de ellas le espera una interminable sucesión de palacios, viejos hoteles y edificios renacentistas. Como el llamado caserón de la Brigadiera, desde una de cuyas ventanas, durante la guerra de la Independencia, la susodicha precipitó al vacío a un francés que intentaba forzarla: el desventurado no sabía cómo las gastan por estas tietras. Prueba de ello es que Albarracín fue señorío independiente hasta bien entrado el siglo xv, cuando sus señores tuvieron que dejar de andar pactando aquí y allá, entre reino moro de Murcia, corona aragonesa en expansión y pretendientes que merodeaban desde la meseta, para plegarse finalmente al dominio del monarca de Aragón. Eso sí, mientras pudo, Albarracín conservó sus fueros. En fin, de su historia hay para contar mucho rato.
Caminar por Albarracín es recuperar ese pasado que vibra en cada detalle. Por ejemplo, el empedrado, con su surco central para acanalar el agua de la lluvia y facilitar el paso de carros y animales. O las farolas del sistema de alumbrado, descolgadas de las casas como las antiguas teas.
Lo que más me llama la atención, sin embargo, son las balconadas de madera, recortadas contra las blancas fachadas. Por su forma de palco, casi todas con su respectivo alero y muchas con varios pisos, en algunos recodos me recuerdan algún tradicional corral de comedias. Aleros, por cierto, los hay en todas las casas, muchas de las cuales enseñan por los bajos la roca sobre la que se asientan. Y todas ofrecen las formas
arquitectónicas más caprichosas: balaustradas que contradicen las leyes del equilibrio, miradores esquinados…
Hablando de detalles, son muchos los que pregonan el pasado señorial de Albarracín. Por ejemplo, las bellas labores de tejería en las ventanas y los picaportes, cuya forma suele ofrecer variadas muestras de la fauna de la zona: ranas, lagartos, cigüeñas… Ciervo de forja no hay ninguno, pero no hay que extrañarse si el visitante se topa con cualquiera de carne y hueso en alguna excursión por la sierra.
Los grandiosos portalones de entrada a los patios son, con frecuencia, marcos para puertecitas más pequeñas. Cuando alguna de ellas se empieza a abrir hacia adentro, en silencio, despacio, es para dar paso a un anciano que sale trabajosamente, apoyado en su gayata (cayado), y se aleja calle abajo
buscando alguna bancada de piedra donde tomar el sol.
En la porticada plaza Mayor, parece que bajo alguno de los soportales vaya a salir una mujer, con saya y jubón y un canasto en la cabeza, pregonando a todo pulmón las típicas almojábanas dulces. Si se espera durante un rato y no sale, no hay que ren-dirse: puede ser que decida apa-recer junto a la fuente del Chorro, en el portal del Agua o en la misma casa de la Comunidad, porque Albarracín está llena de rincones en los que sentarse y recordar cualquier leyenda.

Cuentos y leyendas

Por ejemplo, donde empieza el camino de Molina, bajo la puerta llamada del Arco por el de medio punto que exhibe, se puede admirar la casa de la Julianeta, un típico edificio esquinero que en los pisos más altos va ganando superficie hasta que sus aleros casi se besan con los de las casas de enfrente. Dice la leyenda que aquí es obligado echar una piedra a tierra y rezar una oración. No se vayan a molestar los poco piadosos: es una reminiscencia de la costumbre pagana de honrar en las encrucijadas a Mercurio, protector de los caminantes.
Para equilibrar la vertiente pagana, visito a continuación los bellos retablos de la catedral, el palacio episcopal y la iglesia de Santa María, pensando que ya descansaré después de tanto tesoro artístico. Pero en Albarracín no hay descanso, porque, siguiendo el camino del Rodeno, pronto empiezo a sentir la emoción de echar marcha atrás por milenios.
Flanquean el camino unas rocas, rojas como la puerta del infierno, cuyo tinte me permite entender el tradicional color de las tejas de la ciudad. Sin embargo, cuando llego al prado del Navazo, con su olor a pino, lo que me encuentro repartido aquí y allá es una multitud de muestras de arte rupestre. Su nitidez es sobrecogedora. Hay sobre todo toros, blancos y rojos, acechados por estilizados cazadores armados de arco y flechas. Es paradójico, medito, que sus detalladas siluetas parezcan estar inspiradas en el arte contemporáneo. Aunque si lo pienso bien, quizá no lo sea tanto.
Concluida la visita, salgo del pueblo por la carretera de Cuenca, que discurre en compañía del lecho del Guadalaviar, y me detengo en un mirador para disfrutar de una última perspectiva del pueblo. Una mariposa de color marrón y naranja, típica de estos parajes, revolotea a mi alrededor alegrando la tarde.

Articulo escrito por: Isabel Alonso

Cómo se llega

Desde Teruel, por la N-234 hasta el desvío de la A-1512, en dirección a Albarracín.

Dónde dormir

En Albarracín existe buena oferta hotelera. Entre los distintos establecimientos, hay que mencionar el hotel Albarracín, situado en una casa del siglo XVII, donde
también se puede comer. Tel. 978 7100 11.

visitas Catedral y Palacio Episcopal

c/ Catedral
Abiertos de 10.30 a 14 h y de 16 a 18 h.
Entrada: 1.80 euros.
Tel. 978 71 00 93

Parque Cultural de Albarracín.
A la entrada del pueblo.
La visita es libre y está señalizada.

Gastronomía

Los platos más típicos en la zona son el perolico de sopas de ajo, el ciervo estofado, el cordero asado o a la chilindrón, la trucha al estilo de Albarracín y las dulces almojábanas, en forma de rosquilla o de bollo.

Compras

Cerámica de varios estilos, artículos de cuero, madera y cobre repujado. Además, soberbios embutidos de caza, cecinas muy curadas, miel y vino.

Fiestas

La Candelaria (el 2 de febrero) y Santa Águeda (5 de febrero), patrona de las mujeres. Fiesta de los mayos el 30 de abril, con cantos populares y fiesta de la enramada.
Más información Oficina de Turismo. Tel. 978 71 02 51. Ayuntamiento de Albarracín.
Tel. 978 70 04 00.

Fuente: VIAJES NATIONAL GEOGRAFIC

Situado en: Teruel

Click Aquí para ver el mapa del lugar

Aquí tiene las coordenadas GPS * para llegar a Albarracín señorial.

Las coordenadas GPS para la mayoría de dispositivos GPS
Latitud: 40.405619
Longitud: -1.444445
DD Decimal Degree (Grados Decimales)
Latitud: 40.405619   Longitud: -1.444445
DMS Degree Minute Second (Grados Minutos Segundos)
Latitud: N40 24 20  Longitud: W1 26 40
GPS - Latitud: N 40 24.337   Longitud: W 1 26.667
UMT - X: 30N631995    Y: 4473940

* GPS - El Global Positioning System (GPS) o Sistema de Posicionamiento Global (más conocido con las siglas GPS aunque su nombre correcto es NAVSTAR-GPS) es un Sistema Global de Navegación por Satélite (GNSS) el cual permite determinar en todo el mundo la posición de un objeto, una persona, un vehículo o una nave, con una precisión hasta de centímetros usando GPS diferencial, aunque lo habitual son unos pocos metros.

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