Aveces la naturaleza tiene ocurrencias de niño caprichoso. Sólo de esta manera se explica su genialidad de construir una gigantesca piscina salada de 170 kilómetros cuadrados en la que el sol brilla casi tanto como la ausencia de oleaje. Así es el Mar Menor, el paraje más singular de la costa mediterránea española.
Para muchos, el Mar Menor es sólo el brazo de agua que envuelve a La Manga, esa cinta de ladrillo y hormigón que la expansión turística levantó sobre un mar de dunas de arena. Pero para quienes lo llevamos en la memoria de nuestra infancia, el Mar Menor no existe como tal. Si acaso, hay muchos “marmenores”,
una miríada de universos que dan forma al que todos vemos. Hay un Mar Menor por cada estación del año, otro por cada día, uno casi por cada hora. Primero, el de las tardes de otoño, pleno, dorado, de crepúsculos
almagres vestidos de silencios. Luego, el de primavera, luminoso y salino, azul por los cuatro costados. Y está, por supuesto, el de las soporíferas tardes de verano, un telón plateado que funde la mar llana con el horizonte y un cielo cegador que sume la laguna en el letargo.
Separando las comarcas del Alt y el Baix Empordá -una al norte, la otra al sur-, la sierra del Montgrí se recorta contra el cielo con perfil de paquidermo, color de piedra cansada y olor a tomillo. Por aquí se dice que la sierra es un obispo acostado con los pies en el mar. Lo confirmaría el castillo que luce por anillo.
Cuando canta la tramontana, subir a las almenas del castillo tiene algo de aventura. Si se hace, es mejor dar la espalda al viento, mirar hacia el sur y observar cómo el azote inclemente tonifica y moldea árboles y campos, añadiendo una pizca de genio esencial a esta tierra mesurada desde antiguo.
No está de más advertir al viajero que ronde por las serranías de Albarracín que, a treinta y pocos kilómetros de Teruel, se topará con la ciudad que presta nombre a esta sucesión de vaivenes del paisaje. No está de más advertírselo porque, si transita desprevenido por una carretera estrecha que se retuerce sobre sí misma como una culebra, al salir de una curva corre el riesgo de que la silueta de Albarracín deje una huella indeleble en su ánimo. Quien llega por primera vez, se quedará boquiabierto: son difíciles de olvidar las señoriales murallas que se encaraman sobre la montaña hasta perderse en lo alto. Lo es también el conglomerado de tejas rojizas que parecen cobijarse entre ellas para protegerse de los severos inviernos. Y, sobre todo, lo es el espectáculo de sus casas colgadas sobre el abismo.
La bahía de Halong es un laberíntico paisaje marítimo de formas peculiares, cuevas y calas de blanca arena.
La cultura y los paisajes espectaculares convierten a este lugar, situado en el extremo sureste de la Península Indochina, en un destino turístico único. El país que fascinó a la actriz Argelina Jolie, y de donde procede su hijo adoptivo, Pax Thien, cuenta con numerosos atractivos: verdes y boscosas montañas, hermosas playas, antiguas pagodas y una fascinante cultura que seducen fácilmente al visitante.
Situada frente ,a Venezuela, en esta pequeña isla se puede disfrutar de una abundante fauna y flora. El nuevo refugio donde perderse para los famosos se llama Tobago. Esta pequeña isla de 41 km de largo y 14 de ancho es, junto a su hermana gemela, Trinidad, el último pedazo de tierra firme por el que pasearse al sur del Caribe.


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